martes, 31 de mayo de 2011

Capítulo 11. Andar descubre secretos.

-No sé si dejar que me acompañes-le confesó Annie según salieron por la puerta.
-¿Por qué no?-preguntó Ryan divertido.
-Me pusiste una navaja en la espalda-le recordó.
-No sabía que eras tú.-Se encogió de hombros y empezó a bajar las escaleras sin importarle el permiso de Annie, que acabó siguiéndole.-Sigo sin saber qué hacías fingiendo ser una niña rica.
-Estaba en casa de una amiga. Sé que pensarás que esa gente pija no es de fiar, pero esta es realmente legal-le aclaró.
-No pienso eso-contestó Ryan.-Creo que hay gente buena y gente mala, igual que aquí. Y en las dos abunda la mala.
-No es bueno verlo todo en blanco y negro-dijo Annie.
-Es la única manera de ver las cosas en este sitio-dijo Ryan con indiferencia.
Salieron a la calle y se encontraron con una chica en la esquina. Una pobre muchacha de no más de 16 años que no la había quedado más remedio que venderse para poder sacar algo de dinero. Se sacó una bolsa llena de polvos del sujetador y se puso a esnifar en plena calle. Tenía el moño despeinado y enredado, de un artificial color rubio. Las uñas sucias y mugrientas se rascaban unos ojos llenos de ojeras, y su apretada camiseta no llegaba a cubrir los morados con los que el chulo la había pagado.
Annie evitó mirarla, pensando en que ella misma podría haber acabado así. No eran pocas las mujeres de su barrio a las que no les quedaba otro camino.
-Dices que tu amiga rica es buena persona, pero te estabas intentando emborrachar en su habitación-empezó a hablar de nuevo Ryan, intentando desviar la atención de Annie de la chica de la esquina.
-Ella es genial, pero la gente con la que se mueve es...-la defiende ella.
-¿Consentida?-la ayudó Ryan. Annie asintió
-Y mimada, hipócrita, caprichosa, falsa y snob-completó Annie.
-Supongo que eso les diferencia de nosotros. No nos podemos permitir ser mimados, caprichosos o consentidos-reflexionó Ryan.
-Es lo que tiene tener que trabajar. Llevamos una vida dura que muchas veces nos coloca al borde de todo. Pero el truco está en volver al camino-dijo Annie. A pesar de haber estado recelosa al principio, Ryan había resultado ser incluso buena persona, incluso aunque a veces era bastante irritante.
-No es fácil-susurra él, alborotándose el pelo con desesperación.
-¿Lo dices por tus sucias maneras de conseguir dinero?-le preguntó
-Lo digo por todas las vidas que he visto destrozadas-la respondió.
-Al menos cuentas con una familia para volver al buen camino-susurró Annie con amargura.
-Una madre que se mata a trabajar, una hermana a la que no puedo conseguir ni un mísero muñeco y un padre cabrón.
¿Padre? Annie se sorprendió
-Pensé que tu padre no vivía con vosotros.
-Y no lo hace-la confirmó Ryan.-Vive en una lujosa mansión en Bel-Air matándose a fiestas, coches caros y putas. Hace años que no le vemos y ni siquiera es capaz de mandar algo de dinero. Pero es mejor así. Dudo que sobreviviese si se le ocurre volver. No soy el único que le tiene ganas.
Caminaron un rato en silencio. Lo cierto es que Annie pensaba que su padre había muerto o, por lo menos, que sus padres estaban divorciados. ¿Es que no hay ni un maldito padre normal?, se preguntó Annie.
-¿Qué hay de tu familia?-la preguntó, rellenando el silencio. Ella soltó un suspiro lleno de amargura y dijo:
-Mi madre es alcohólica y la mitad de los días no recuerda ni mi nombre. Mi padre era un drogadicto vagabundo que nos abandonó un día sin más.
Ryan no dijo nada. Y, antes de darse cuenta, ya estaban en casa de Annie. Se despidieron y ella subió las escaleras hasta su casa. Su madre seguía en rehabilitación, así que Annie tenía la casa para ella sola. En el teléfono tenía siete mensajes de Sam, que la suplicaba que le perdonase.
Annie fue a cambiarse mientras escuchaba la voz gimoteante de su novio de fondo. No encontraba su camiseta de los Ramones así que fue a mirar al armario de su madre.
Mientras rebuscaba entre la ropa un sonido de cristal chocando contra madera la llamó la atención. Miró al suelo y se encontró una botella de vodka medio vacía escondida entre las camisetas.

jueves, 26 de mayo de 2011

Capítulo 10. Reencuentro.

-Creo que eso debería preguntártelo yo a ti-contestó Ryan sumamente divertido.-Esta es mi casa.
-¡Ryan!-Susan se levantó del sofá y salió corriendo a por su hermano, que la alzó en el aire. Ahora recordaba por qué Susan la había parecido tan familia. Era clavadita a su hermano.
-Estoy haciendo de canguro-contestó Annie.-Aunque ese debería ser tu trabajo como hermano mayor, ¿no?
-Normalmente sí, pero hoy tenía que trabajar-dijo Ryan con una mueca.-Aunque ya no importa: lo he dejado.
Se dirigió al sofá de la mano de su hermana pequeña, que no paraba de señalarle la pantalla de la televisión. Se sentó al lado de Annie, pasándola un brazo por los hombros con absoluta confianza. Annie se lo apartó y se lo puso en su pierna.
-No te olvides que intentaste robarme-le recuerda en un susurro. Ryan solo se rie. Annie decide cambiar de tema para no recordar como Sam huyó.- ¿En qué trabajabas?
-Era mecánico en un taller- la contestó mientras iba a por una manzana a la cocina.
-¿Y por qué lo dejaste?-le preguntó cuando volvió, dándole mordiscos a la fruta.
-El jefe era un capullo, el salario una mierda y los horarios me mataban. No merecía la pena ni para alguien en mi situación.-dijo tirándose en el sofá.-¿Tú trabajas todas las noches de canguro?
-No, solo hasta que encuentre un trabajo más estable.
Asintió y Annie se dió cuenta de que ya no era necesario su papel de canguro ahora que él estaba ahí. Se levantó del sofá para irse y agarró el bolso.
-¿Te vas?-la preguntó.
-Me han contratada porque tú no estabas. Ahora que has vuelto ya no soy necesaria.
Se empezó a reir suavemente y la detuvo en el umbral antes de que saliese por la puerta o la abriese siquiera.
-En realidad mi madre no se fía de mí y contrata canguros aunque yo pueda cuidar de Susan-la confesó con otro mordisco a la manzana.-Quédate-la pidió.
Annie aceptó y volvió a sentarse en el sofá, al lado de Ryan, que empezó a jugar con su pelo, distraido. Annie se puso tensa, pero no dijo nada.
-¿Por dónde anda tu novio?-se burló. Ya volvía el Ryan que Annie conocía: el cabrón.
-Ni lo sé ni me mantiene en vela por las noches-se bufó ella.
-¿Habéis cortado?-dijo Ryan aún más divertido.
-No he vuelto a hablar con él desde hace semanas-zanjó ella el tema.
-Ryan, tengo hambre-dijo Susan, acariciándose la tripa. Seguía con la muñeca en la mano, agarrándola con fuerza.
Ryan la cogió en brazos y se la llevó a la cocina.
-Annie, espero que sepas cocinar-la gritó él desde la nevera. Annie fue a la cocina y se encontró a Susan que miraba con asco una bandeja de pescado crudo. Esa debía de ser la comida que había dejado su madre.
Annie preparó salsa y metió el pescado en el horno hasta que se puso dorado. Preparó también unos spaguettis con nata, jamón y champiñones que se comieron entre los tres y una jarra de limonada.
Comieron todos en el salón viendo la televisión, mientras acababan de ver la Cenicienta. Cuando Susan acabó la cena se quedó dormida en el sofá, entre Ryan y Annie.
Ryan la agarró en brazos y la llevó a su habitación para que descansase. Luego volvió al lado de Annie en el sofá.
-Yo me tengo que ir ya-dijo Annie. Pero Ryan la agarró del brazo y la miró a los ojos. Parecía que la iba a decir algo importante, pero solo dijo:
-Te acompaño a casa.
-Tienes que quedarte con Susan-le recordó ella. Pero unas oportunas llaves en la puerta la avisaron de que su madre había vuelto y ninguno de ellos era necesario ya allí.
Annie cogió el dinero, se despidió de la madre de Ryan y Susan, que la agradeció todo el trabajo, y salió por la puerta acompañada de su atracador, hacia el paseo más interesante de toda su vida.

martes, 24 de mayo de 2011

Capítulo 9. Canguro.

-Hola, llamo por el anuncio de canguro. ¿Es usted Annie?-preguntó una voz de mujer. Annie miraba los anuncios de la tele distraidamente, sola en casa mientras su madre asistía a la décima reunión de alcohólicos anónimos. Si seguía así pronto lo superaría y Annie podría empezar a recuperar a su madre. Cuando oyó lo del anuncio de canguro se levantó rápidamente del sofá, concentrando toda su atención en el teléfono.
-Sí, soy yo.-contestó Annie. ¡Por fin alguien interesado! Hacía dos semanas había ido poniendo carteles por todo su barrio ofreciendo un servicio de canguro y dejando su teléfono. Nadie la había llamadado y esa era la primera contestación que recibía.
-¿Podría cuidar esta noche a mi hija? Tengo que salir y mi hijo no puede cuidarla-la explicó.
-¿Dónde y a qué hora?-preguntó ilusionada por su nuevo trabajo.
-¿En la calle Warrior a las nueve la viene bien?
-Por supuesto, allí estaré-y colgó.
Y allí estaba Annie como había prometido. Vestida con una camiseta blanca de tirantes no demasiado rota y unos vaqueros pitillo cortados por muchos sitios. Llamó al timbre y una señora con un moño alto vestida de asistenta no tardó en abrirla.
-Tú debes de ser Annie-la dijo con una sonrisa amable que la marcaba unos dulces hoyuelos y unas pequeñas arrugas en los párpados. Tenía pinta de ser más joven de lo que aparentaba y ser extremadamente generosa.
La tendió la mano, que Annie estrechó, y la hizo pasar dentro de su casa, al primer piso.
-Susan está dentro, en el salón. La he puesto una película para que se tranquilice. La comida está en la nevera y el dinero encima de la mesa de la cocina-la explicó con rapidez. Susan debía ser su hija a la que tenía que cuidar.-Yo tengo que irme en seguida, pero espero que se porte bien.
Y con una última sonrisa desapareció escaleras abajo.
Annie se armó de valor, temiendo al pequeño monstruito que podría encontrarse en el salón. Sin embargo, cuando llegó al salón solo vió a una apacible niña de pelo rubio y ojos azules, que la recordaba a alguien que no supo identificar.
Se sentó a su lado en el sofá, mientras la decía:
-Tú eres Susan, ¿no?-la niña no dijo nada, tan solo la miró.-Yo soy Annie, tu canguro.
-Hola-dijo la niña solamente. Tenía la voz dulce, aguda y tranquila. Annie supo que no tendría ningún problema con ella. Se fijo en su mano derecha, que agrraba con fuerza una muñeca de trapo rota y sucia por todas partes.
-¡Qué muñeca tan bonita!-exclamó Annie. Susan la levantó para mirarla, como si acabase de darse cuenta de que la tenía en la mano.
-Me la regaló mi hermano cuando yo era más pequeña-dijo con una sonrisa. Le faltaba un colmillo, pero hablaba perfectamente.
-¿Cuántos años tienes?
-Seis.
Un canción en la televisión las hizo girarse. Estaba viendo la Cenicienta y en ese momento su hada madrina estaba ransformando la calabaza mientras cantaba. Annie recordaba que esa película siempre había sido su favorita. Su madre siempre se la ponía mientras se iba a beber y Annie se tiraba horas en el salón viéndola sin enterarse de nada, hasta saberse de memoria los diálogos y las canciones. Ahora la detestaba. Pero dejó a Susan verla tranquila y se acomodó a su lado, relajándose.
Diez minutos después un ruido en la puerta hizo a Annie girarse hacia ella. Un ruido de llaves, pero era imposible que su madre hubiese vuelto ya. ¿Alguien intentaba robar? Tenía que sacar corriendo a la niña de ahí antes de que la hiciesen daño. Se quedó paralizada de la impresión, hasta que la puerta se abrió del todo, dejando pasar a una persona que Annie tardó en reconocer.
-¿Qué haces aqui?-preguntó Annie.

domingo, 22 de mayo de 2011

Capítulo 8. Al borde.

-¡Annie!-la llamó Liz, corriendo a su lado. Annie estaba tirada en unas sillas del hospital, encogida y llorando. El rímel manchaba toda su cara y sus ojos azules estaban brillantes por las lágrimas. Liz la abrazó mientras Annie se convulsionaba con cada sollozo entre sus brazos.
No saben cuanto tiempo pasaron así, pero cuando Annie consiguió calmarse, el médico que había atendido a su madre se acercó a ella.
-¿Annie Sullivan?-la miró. Annie solo pudo asentir. Si hablaba, corría el riesgo de volver a llorar.-Su madre padece un coma etílico. No siente nada y ahora mismo está inconsciente, pero probablemente cuando despierte no recuerde nada. ¿Quiere pasar a verla?
Annie se dirigió casi corriendo hacia la habitación de su madre. Estaba tendida en una cama blanca y multitud de tubos salían de sus venas para ir a parar a unas bolsas que había en una especie de percheros. Bajo su nariz un cable la ayudaba a respirar. Tenía un aspecto desastroso, sucio y cansado. Posiblemente incluso peor que el de Annie, que se había pasado toda la noche en vela.
Annie se sentó en la cama y la agarró de la mano con cuidado. Liz la puso una mano en el hombro, infundiéndola fuerzas.
-Mamá-la llamó en un susurro. Pero su madre ni se movió. Una lágrima resbaló por la mejilla de Annie. Pero ella ni la sintió.
Estaba harta. Completamente cansada de vivir así, con una madre alcohólica que a veces no recordaba ni su nombre; de tener que ir una vez al mes al hospital por culpa del alcohol, cuando ni siquiero podían permitirse tener una seguridad sanitaria.
Pero esa situación no duraría mucho más. Iba a buscar un trabajo para conseguir dinero y poder irse de casa. Su madre tendría que elegir: el alcohol o su hija.
-Annie...-su madre entreabrió los ojos con la voz ronca.-¿Dónde estoy, Annie?
-En el hospital, mamá-contestó Annie, entre lágrimas. Era vergonzoso que no se diese cuenta ni de lo que había pasado. Estaba suicidándose lentamente.
-¿Por qué?-preguntó.
-Porque volviste a beber demasiado-contestó en un susurro. Las mejillas la escocían debido a las lágrimas, sus ojos deberían estar secos ya, pero seguían produciendo amargas gotas.
-¿Con qué pagarás?
-A lo mejor debiste pensar en eso antes de vaciar la botella, ¿no?-dijo Annie secamente. Era cruel, pero su madre debía darse cuenta de una vez por todas que podía vivir sin padre, pero no ocuparse de una madre alcohólica.
Su madre se encogió ante esas palabras, con cara de culpabilidad.
-Yo lo pagaré-dijo Liz, yendo hacia la puerta.
-No-la intentó detener Annie con enfado. Uno de sus principios era no aceptar limosna de nadie. Podía valerse por sí misma.
-Annie, tú no puedes pagarlo y yo sí. Déjame hacerlo. Somos amigas, ¿no?-la sonrió Liz.
-Te lo devolveré todo, te lo prometo-la abrazó Annie.
Liz salió por la puerta y Annie quedó a solas con su madre y el médico que las había acompañado, que estaba en una esquina.
-La haremos un par de pruebas y esta tarde estará ya en su casa-dijo el doctor, amablemente, mientras salía por la puerta, dejándolas a solas.
-Mamá, tenemos que hablar-dijo Annie.
-Claro, cariño-dijo su madre, mientras miraba las bolsas a las que estaba conectada.
-Es la cuarta vez que acabamos en el hospital-comenzó Annie.- Tu adicción al alcohol no hace más que causarnos problemas y no podemos permitirnos tener esta clase de problemas. Si no lo dejas me emanciparé. Aunque tenga que vivir en la calle.
-No, Annie, no me dejes-la suplicó su madre agarrándola del brazo.
-Mamá, acabemos con esto. Tienes que superarlo. Puedes ir a las reuniones de alcohólicos anónimos-la sugirió.
-Lo dejaré, te lo prometo-la dijo su madre. Y Annie la creyó. Pensó, por un instante, que podría recuperar a su madre y tener algo parecido a una familia.
Pero todo el mundo sabe que si vives así, estás condenado a ser desgraciado.

martes, 17 de mayo de 2011

Capítulo 7. Sobrevivir.

-Creo que te olvidaste esto.-Liz extendió hacia Annie una navaja por encima de la mesa. Annie la miró un momento y la agarró corriendo para metérsela en el bolsillo.
-Gracias. ¿Dónde estaba?
-En mi alfombra, se te debió de caer.
Liz tiene una voz triste, deprimida.
-¿Qué sucede?-la preguntó.
-¿De verdad llevas encima una navaja?
-Solo quiero sobrevivir, como todos-contestó Annie.
-¿En qué clase de mundo vives?-preguntó, decepcionada por todo lo que la rodeaba. Annie empezaba a estar cansada.
-En uno en el que no todos somos ricos y podemos permitirnos la seguridad-dijo, más borde de lo que pretendía. Liz se echó hacia atrás como si hubiese recibido una bofetada. Annie se dió cuenta e intentó enmendar su error:-Lo siento. Lo siento, lo siento. Soy idiota, debería pensar antes de hablar.
Liz la perdonó sin necesidad de más. Cambió de tema para que no se molestase.
-Michael y yo vamos a ir este sábado al cine de verano. ¿Quieres venir?-la preguntó, animada.
-¿De carabina?-se rió Annie. Agradecía la invitación, sin embargo.-Paso.
-¿Y con tu novio?-preguntó Liz.-Estoy segura de que tienes-adivinó.
Annie al pensar en Sam solo pudo recordar cómo había salido corriendo, dejándola tirada y a merced de unos atracadores. No le había vuelto a ver, pero esperaba que se estuviese preparando para la bofetada que le iba a caer. Annie echaba chispas.
-No tengo muchas ganas de verle en estos momentos-concluyó.
-¿Debo ir a matarle?-bromeó Liz para animarla. Era incapaz de hacer daño ni a una simple mosca, y Sam era mucho peor que una mosca.-¿Qué hizo?-preguntó con suavidad, dándola a entender que podía negarse a contestar si quería. Annie en un principio pensó en no contestar, le estaba abriendo su mundo a una niña rica que podía hacerla mucho daño. Cuando su padre les abandonó y su madre se hizo alcohólica, Annie se hizo la promesa de no abrirse nunca más a nadie ni depender de nadie.
Sin embargo, no pudo atrapar las palabras en su boca, antes de que saliesen en torrente, dolidas:
-Me abandonó cuando nos atracaron.
-¿Quién os atracó?-Liz tenía una expresión sorprendida y enfadada.
-Ryan-dijo Annie. No lo había pronunciado hasta ese momento en voz alta, pero sonaba bien. Realmente bien.
-¿Ryan qué más?
-Solo... Ryan.-Annie no pudo evitar disimular una sonrisa. Jamás lo hubiese admitido, pero deseaba volver a verle.
-Oh Dios Mio-susurró Liz, mirándola con nuevos ojos.
-¿Qué?-dijo Annie.
-¡Te gusta!-comenzó a reir Liz.
-¡No!-chilló Annie sin dejar de sonreir. Se estaba poniendo colorada y lo sabía.-¡Es prepotente, creído, vanidoso, engañoso, ladrón y don Juan!
-Es posible-admitió Liz,-pero te gusta.
Annie decidió darlo como un caso perdido. No podía convencer a Liz de una cosa de la que ni siquiera ella estaba segura.
-¿Qué te robó?
-Nada. Se fueron y ni me tocaron-dijo Annie. ¿Cómo hubiese reaccionado si la hubiesen robado de verdad? Esperaba no tener que resolver esa duda nunca.
Dos horas después se despidieron y Annie cogió el autobús hacia su calle, su mano sujetando en todo momento la navaja. Pasó, en tensión, por el callejón donde había encontrado a Ryan. Una idea pasó por su mente a toda velocidad, sugiriendo que a lo mejor la expectación era por volverle a ver, no por el peligro. Pero Annie acalló ese pensamiento de inmediato y siguió avanzando.
Llegó a su casa, en el segundo piso de un cochambroso edificio que se caía a pedazos. Las paredes, antaño blancas, eran ahora de un sucio color negro. La puerta estaba más de adorno que de protección, lo que la mantenía noches en vela, asustada por que alguien entrase. Su madre dormía bien, sedada por las enormes ingestas de alcohol.
Annie tiró las llaves sobre la mesa del salón, con enfado ante ese pensamiento.
-Mamá, ya he llegado-saludó. Del salón pasó a la cocina, buscando a su madre.
La encontró tirada en el suelo de cualquier manera, con una botella rota de vodka a su lado.
-Vamos, mamá, levanta-la dió unos golpecitos en la espalda. A veces pensaba en lo contradictorio que era que se comportase como la madre de su propia madre. Debería haber sido ella la que estuviese emborrachándose y su madre ayudándola.
Fue al alzarla cuando se dió cuenta de lo inerte que estaba. No estaba solo dormida.
-Mamá...-fue lo único que pudo susurrar, entre lágrimas.

viernes, 6 de mayo de 2011

Capítulo 6. Ryan.

Ya habían pasado dos días desde que Annie estuviese en casa de Liz por última vez. Se habían llamado por teléfono y quedado ese sábado, pero todavía faltaban dos días para que la viese.
Había tenido que ordenar todas las cosas de Liz cuando se fue el ladrón y se había acordado de él en todo momento; pero no en el buen sentido. Sobretodo por lo último que había ocurrido y ella todavía no le había contado a Sam. Pero lo que más odiaba, era que debía sentirse culpable y, sin embargo, no podía.
-¡Annie!-la llamó Sam. Ella se giró forzando una sonrisa.-¡Estás en la nubes, llevo llamándote media hora!-Llegó al fin junto a ella y la dió un beso.
Siguieron caminando juntos por el callejón, dirigiéndose a un parque donde habían quedado con todos. Pero no llegaron muy lejos, porque a la salida del callejón les estaba esperando un chico alto, moreno y con muy malas pintas, que no daba buena espina. Se agarró más fuerte al brazo de Sam, tensa. Palpó el bolsillo del pantalón intentando encontrar su navaja, pero no la tenía. Mierda, ¿dónde podía habérsele caído? Le vino un sitio a la cabeza con total claridad: la casa de Liz. Al cambiarse debió de habérsele caído del bolsillo. Se maldijo para sus adentros, pero disimuló. Guardó la calma, si veía que tenía miedo no dudaría en ir a por ella. Como los perros, en ese barrio los delincuentes detectaban el miedo y la debilidad y lo aprovechaban en tu contra.
Sam sacó una navaja del bolsillo, pero no contó con el chico que había detrás.
-Eso es jugar sucio, ¿no crees?- dijo una voz a la espalda de Annie, mientras colocaban una navaja pegada a ella. Un sudor frio empezó a recorrerla la frente. Sentía el borde afilado y frio de la navaja clavándose en su camiseta y el corazón que amenazaba con salirse de su pecho. Se preguntó qué la mataría antes, ¿el corazón de una taquicardia o la navaja?
Entonces cayó en lo familiar que le parecía al voz. No era una que oyese todos los días, pero sí una que se había quedado grabada en su mente.
-Suelta esa navaja o tu chica lo paga- dijo el moreno que había estado en la esquina del callejón.
-¿Qué queréis?-dijo Sam soltando un gallo por los nervios. Annie solo podía fijarse en su navaja, todavía alzada.
-Promocionar coches, no te jode-dijo el que tenía a la espalda, con sarcasmo. Annie seguía sin identificar la voz, pero tenía miedo de girarse y que la clavasen la navaja. Mantuvo la mirada al frente, con toda la dignidad que pudo.
Sam salió corriendo por el lado contrario al chico moreno, con navaja en mano y dejando a Annie plantada. Maldito cabrón, pensó Annie. ¿Para eso servían los novios? ¿Para dejarte morir por falta de valentía?
Los atracadores al principio se quedaron sorprendidos, pero no tardaron en echarse a reir. Le quitaron la navaja de la espalda, y al fin pudo darse la vuelta y mirar al dueño de la voz.
Era él, el ladrón.
Annie abrió mucho los ojos cuando le reconoció, y la primera reacción que tuvo fueron las ganas de pegarle una buena bofetada, pero llevaba una navaja, así que se contuvo.
Él también la reconoció, y formó una sonrisa burlona.
-¿Qué hace aquí una niña rica?
-¿Qué hace un idiota intentando robarme?
-¿Esta es tu ricachona?-Preguntó el moreno, y la agarró del brazo.-Pues aprovechemos, tio, que debe de tener mucha pasta.
-No tengo dinero-dijo ella, irritada.-Yo vivo aquí y soy tan pobre como vosotros.
-No finjas que...-fue a decir el moreno.
-Suéltala-le cortó el ladrón. Miró a Annie con interés.- Tu novio te ha dejado tirada.
-Muy observador-ironizó, entrecerrando los ojos.
-¿Qué piensas hacer?-Se lo estaba pasando realmente bien. Parecía como si esto fuese un juego, donde él dictase las normas y el final. Siempre lo controlaba y la dejaba a ella a su merced.
-Esperaba que fueseis tan amables de dejarme en paz-dijo ella con una sonrisa encantadora.
-¿Cuál es tu nombre?
-Annie-dijo después de dudar entre decírselo o no.
-Annie...-repitió.-Un nombre muy dulce para un destino tan cruel.
Tenía razón. Su futuro era tan oscuro como un agujero negro. A nadie que viviese en ese agujero le esperaba algo mejor y Annie lo sabía. Estaba condenada irremediablemente.
-No me has dicho el tuyo-dijo ella.
-No tengo por qué hacerlo-dijo él sonriendo. Otra vez sus estúpidas normas y ella había caído en la trampa.
-¡Eso no es justo!-se quejó.
-Nada es justo-replicó él. El chico moreno puso los ojos en blanco ante su conversación.
-Entonces habrá que empezar a cambiar a eso, ¿no? Comencemos por tu nombre.-Annie volvió a girar la balanza a su favor. A él se le iluminaron los ojos y la sonrisa se le hizo más ancha. La empezaba a respetar.
Sin embargo, en vez de contestar formuló otra pregunta:
-¿Le has dicho ya a tu novio el beso que me diste?
-¡¿Que te dí?!-se indignó ella.-¡Fue tu culpa!
-Osea que no lo sabe-se burló él. Annie dudó, pero no contestó. No quería concederle el placer de la victoria.
-Vámonos, tio, que nos están esperando-se impacientó el moreno. Empezó a andar y el ladrón le siguió.
-Ryan- le susurró a Annie en el oido al pasar por su lado.
Su nombre era Ryan.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Capítulo 5. Ladrón.

Annie dudó un segundo antes de llamar al timbre de la casa de Elisabeth. Venía con unos shorts negros rasgados y una camiseta blanca de los ramones que no la tapaba el ombligo.
Elisabeth la abrió la puerta y la invitó a pasar. Llevaba un precioso vestido lila que llegaba hasta el suelo, de tirantes y con un lazo del mismo color en la cintura. El pelo recogido en un intrincado moño y el maquillaje perfecto.
-Yo no llevo vestido-fue lo único que pudo decir Annie.
Eso se solucionó rápido. Elisabeth la condujo a su habitación y la prestó un vestido de hace un par de años. Los actuales no la valían porque Annie era más bajita y delgada que ella.
Cuando acabó de arreglarla, Annie se miró en el espejo. No se reconocía.
Llevaba un vestido largo blanco con unos tacones del mismo color debajo (por suerte tenían el pie del mismo tamaño). El vestido parecía el halo de un ángel que se extendiese a su alrededor dándola un aspecto de fragilidad, delicadeza y dulzura desacostumbrados en ella. Tenía unos tirantes muy finos y el escote en pico por delante y por detrás, dejando ver una espalda blanca y delgada. En la cintura tenía un lazo ancho azul clarito que la hacía cintura de avispa. El pelo castaño lo tenía bien peinado en ondas, recogidas en un perfecto moño con algunos mechones sueltos, y los ojos azules resaltaban por el maquillaje que Elisabeth la había puesto. Se quitó el piercing de la oreja para ponerse unos pendientes de perla y en el cuello se puso un collar fino de plata. Era increíble que aquella chica que la devolvía la mirada desde el espejo fuese ella.
Salieron al jardín y causó furor. Todos se volvían para mirar a la recién llegada. Un apuesto chico castaño de espaldas anchas se acercó a ellas.
-Michael, esta es Annie- los presentó Liz. Annie le estrechó la mano con una sonrisa, apreciándole al instante por su mirada clara y su sonrisa sincera.
No tardaron en aproximarse algunos chicos y chicas para presentarse, pero Annie detestó a la mayoría en cuanto les vió.
En un momento en que todos estaban distraidos, Annie huyó al interior de la casa, llevándose una botella de vino, a falta de cerveza. Ella solo quería alcohol, aunque fuese de pijos.
Recorrió el piso de arriba hasta encontrar la habitación de Liz. Dudaba que subiese allí nadie. Pero cuando fue a entrar por la puerta se encontró a un chico que no parecía de la fiesta.
Vestía una camiseta negra y unos vaqueros caídos. Tenía la espalda delgada pero fuerte. Y al girarse el flequillo rubio le caía sobre los ojos azules que le daban un aspecto angelical. Nada más lejos de lo que era.
Al oir sus pasos se giró hacia ella con una media sonrisa, sin sorprenderse lo más mínimo.
-¿No deberías estar en la fiesta?- la preguntó y se volvió a girar con despreoculación. Annie se fijó en lo que estaba haciendo. Estaba abriendo los cajones de la mesa de Liz e inspeccionando los objetos para luego echarlos en una mochila negra que tenía en la mano.
-Y tú no deberías estar aquí- le replicó. Él se giró de nuevo hacia ella mientras sontenía un iPod en la mano, con la sonrisa más amplia. Entonces la recorrió con la mirada y se detuvo en la botella de vino.
-Las niñas buenas no beben.
-Las niñas buenas no rompen caras y yo pienso romper la tuya si no sales de aquí cagando leches- le amenazó con frialdad.
La miró con una nueva luz de curiosidad en sus preciosos ojos azules.
-¿Qué hace aquí una chica con carácter?
Eso mismo se había estado preguntando ella toda la tarde. ¿Qué hacía ahí?
-Impedirle a un cabrón que robe a una amiga-contestó sin embargo.
Se acercó a ella lentamente hasta quedar muy cerca. Tanto que ella podía ver sus ojos a la perfección.
-Eso me ha dolido- fingió, llevándose una mano al corazón en tono dramático.
-Te va a doler más como no lo devuelvas todo a su sitio.- Pero la voz la tembló, delatando su debilidad. Y eso le bastó a él para rellenar el espacio que los separaba con una sonrisa, y besarla.
Annie hubiese querido apartarse, darle una bofetada, gritarle o simplemente reirse. Pero no lo hizo. La razón ni ella misma la sabía.
Sólo sabía que había disfrutado, que había encontrado sentimientos que desconocía por completo. Ese beso la hizo remblar hasta los dedos de los pies. Como esos besos que se dan en las películas antiguas como si el mundo se estuviese viniendo abajo a su alrededor mientras ellos permanecen abrazados. Esos besos que ya no se veían y Annie ya no tenía esperanza de vivir.
Cuando acabó, el mundo de Annie volvió a llamarla a voces.
-¿Por qué has hecho eso?- le recriminó con enfado. O más bien fingiendo enfado, porque no lo sentía.
-Me apetecía- se encogió de hombros él. Y la miró cuando dijo:- Y a ti te veía con ganas.
-Bueno pues te equivocaste- se sonrojó y se maldijo por ello.
-No he notado que me apartases- dijo él.
Acto seguido miró la bolsa.
-Renunciaré a ello por hoy, pero lo colocas todo tú- la dijo. Y al pasar a su lado, susurró en su oido:-  Y me debes algo.
Cuando salió de la habitación solo un nombre la vino a la cabeza junto con un horrible sentimiento de culpabilidad. Un nombre que había olvidado en cuanto le había visto: Sam.
Dió un largo trago a la botella con desesperación. Mierda.

Capítulo 4. Hermana.

Volvieron al final a casa de Elisabeth como si se hubiesen tirado a una piscina con la ropa puesta. Lola puso a secar su ropa y Elisabeth tuvo que dejarle alguna prenda a Annie.
-Elije- la ofreció, abriendo su armario.
-¡Madre mía!- exclamó Annie entre risas.- ¡Eres la tia más pija que he conocido en mi vida!-Tocó toda su ropa, muerta de la risa.- ¿No tienes ningunos vaqueros rotos y una camiseta vieja?
Cuando Elisabeth negó con la cabeza, Annie decidió que eso iba a cambiar. Sacó unos vaqueros del armario, cojió unas tijeras y empezó a cortarlos bajo la horrorizada mirada de Elisabeth. Hizo lo mismo con una camiseta negra, hasta dejarla más corta y con el cuello más ancho.
-Bienvenida a la imperfección- la dijo enseñándola como había quedado la ropa, orgullosa.
-Mis padres me cortarán la cabeza- dijo mientras negaba con la cabeza y se echaba a reir.
Cuando estuvieron vestidas las dos con ropas "tipo Annie", se tiraron en una silla una, y la otra en la cama a hablar.
-Elisabeth... Es un nombre muy serio, ¿no crees?
-Solo los adultos me llaman Elisabeth, mi novio me llama Lizzie.
-Te voy a llamar Liz- sentenció Annie.-¿Cómo se llama tu novio?
-Michael- dijo con una sonrisa tonta.
-Oh Dios Mio, ¡estás enamorada!- se rió. Elisabeth se limitó a soltar un suspiro soñador.-¿Cuánto lleváis?
-Un año. Un delicioso año con el hombre más guapo, inteligente y divertido de este mundo.
-¿Cuándo le conoceré?- bromeó Annie.
-Mañana.
-¿Mañana?- alzó las cejas.
-Doy una pequeña fiesta en el jardín y sería un placer que vinieras- sonrió Elisabeth.
-No creo que encaje- dijo Annie con una mueca.
-¿Es que quieres que me maten?- la suplicó Elisabeth con desesperación.
-No te van a matar.
-Si no vienes tú moriré de aburrimiento.
Insistió tanto que Annie acabó prometiéndola que volvería al día siguiente.
Se quedaron un rato en silencio. Liz deseaba preguntarla si era feliz, como vivía, como era su familia. Pero la mirada de Annie se llenaba de frustración, pena y un poco de enfado cuando se sacaba ese tema. Al final decidió preguntárselo.
-¿Y cómo es tu vida?-lo susurró muy bajito y Annie no la miró, pero supo que la había oido.-Me refiero a cómo es ser libre- intentó arreglarlo mirando el lado positivo.
Annie siguió sin mirarla, pero al final dijo, tan bajito que Liz pensó que lo había imaginado:
-Una mierda. La felicidad no sirve de nada si es la única opción que tienes. ¿Quién me iba a decir nada?-preguntó en voz alta con amargura.- Mi padre era un maldito cobarde que se dió por vencido antes incluso de empezar. Mi madre es solo otra alcohólica de muchas otras en el barrio, que solo finge preocuparse por mí.
-¿Eres hija única?-preguntó. Annie asintió.- Ya no.-Por fin la miró, con un interrogante pintado en el rostro. Liz solo pudo componer una sonrisa.-A partir de ahora yo soy tu hermana.
Annie solo pudo echarse a reir, ahuyentando la sombra que había oscurecido su mirada segundos antes.
-Mi hermana es una pija rica-dijo como si no lo creyese. Se encogió de hombros.-¡Me encanta!
-Siempre he querido tener una hermana-dijo Elisabeth. Annie la miró y se acercó a darla un abrazo. Era la primera muestra de afecto que la había visto realizar desde que había llegado, pero la sentó realmente bien. Comprendió que los prejuicios y recelos de Annie hacia los ricos se habían esfumado, y había comprendido que había excepciones.
Se despidió esa tarde de Annie con la esperanza de que cumpliese su promesa y la volviese a ver al día siguiente.

Capítulo 3. Libertad.

Pidieron dos cafés y se sentaron en una mesa al lado de una ventana desde la que veían a la gente pasar. Caras felices, tristes, agobiadas, despreocupadas, enfadadas, serenas, indignadas, entusiasmadas... Annie las contempló preguntándose si serían felices o desgraciados.
Cuando Annie intentó pagar se dió cuenta de que no tenía dinero.
-Vámonos corriendo-le susurró a Elisabeth.
-¿Qué?- dijo ella confundida.
-He dicho que nos vayamos corriendo, Elisabeth. No tengo con qué pagar.
-Yo te invito-dijo ella, tranquila.
-No quiero deberte nada- susurró Annie.
-Annie, hago esto por que quiero ayudarte desinteresadamente. No hay malas intenciones detrás.
No sabía por qué, pero Annie confiaba en ella.
-De acuerdo.
Siguieron tomándose el café tranquilamente.
-¿Dónde vives?- la preguntó Elisabeth.
Al principio Annie se quedó callada mirando su vaso, y cuando Elisabeth pensaba que ya no iba a contestar, murmuró:
-En la calle Bralls.
Elisabeth asintió y dejó de preguntar.
-No hace falta que me tengas lástima- dijo Annie con amargura, mirándola directamente.- Sé lo que los niños pijos como tú pensais sobre mi gente.
Elisabeth parpadeó perpleja ante estas palabras.
-¿Por qué crees eso?
-Una vez estuve con un tio que vivía en un barrio parecido al tuyo. Le oí decir que éramos ratas que no servíamos para nada. Nos tomaba como una diversión para los de su clase. El muy imbécil se creía que vivía en el Olimpo- acabó con una carcajada sarcástica.
-No todos somos así. Has conocido a la parte mala, a los niños mimados y consentidos que sus padres creen perfectos. ¿Vas a juzgar a tantas personas por una sola?
-Supongo que no- dijo Annie mirando por la ventana otra vez.
El cielo estaba encapotado y se avecinaba lluvia, pero hacía calor y soplaba una brisa fresca, así que era bastante agradable. Annie adoraba los días calurosos con lluvia. Colocarse debajo de las gotas y dejar que aliviasen su sofocón.
-¿Cómo es tu vida?- preguntó a Elisabeth en un arranque de curiosidad.
-¿A qué te refieres?
-¿Cómo es vivir una vida perfecta, con todo solucionado y el futuro resuelto. Con comida todos los días encima de la mesa sin tener que mover un dedo y sirvientas llamadas "Lola" que hacen el trabajo duro.
-¿Crees que mi vida está solucionada?-se rió Elisabeth.- ¡Ojalá fuese perfecta! Mis padres me exigen mucho más de lo que puedo dar. Si alguien corre rápido, ellos quieren que yo corra más rápido aún. Si alguien saca un diez, ellos quieren que saque un doce. Si alguien toca el piano, ellos quieren que toque cada uno de los instrumentos de la orquesta. Si un pájaro vuela, ellos quieren que vuele más alto.- Tenía un tono de amargura guardado detrás de una perfecta sonrisa imborrable. Pero la máscara se había quitado el suficiente tiempo como para que Annie descubriese lo que había debajo.- Mi futuro es tan incierto como el tiempo que hace hoy. Mis padres quieren que estudie medicina, pero yo lo que quiero es ser pintora. Aunque ellos no lo saben, por supuesto. ¡Qué deshonra sería tener una hija artista!-dijo con tono melodramático, imitando a sus padres.
-Necesitas libertad- afirmó Annie. Y era ella la que se la iba a proporcionar.
-¿Libertad? Esa palabra no figura en mi configuración- dijo Elisabeth con ironía.
-Pues es hora de reprogramar esa configuración- sonrió Annie. En ese momento empezó a llover con fuerza y los peatones que había en la calle corrieron a esconderse debajo de algún techo o toldo.
Pero a Annie eso la dió una idea.
-Vamos- apremió a Elisabeth. Ésta, pagó los cafés y la siguió hasta la puerta.
-No podemos salir, ¡está diluviando!- dijo Elisabeth.
-¿Eres hidrófoba?- preguntó Annie.
-No.
-Entonces no hay excusa.- La agarró de la mano y la sacó fuera mientras la lluvia las calaba. Corrieron entre risas por la calle y saltaron en los charcos, mojándose enteras.

Capítulo 2. Elisabeth.

-Perdona- la despertó una voz dulce mientras alguien la agitaba el hombro con suavidad.-Perdona- repitió la voz.
Annie abrió un ojo y la luz del día la hirió. Miró a su alrededor, confundida, y se encontró con que se había dormido en un banco. No recordaba nada de la noche anterior y la cabeza le iba a estallar.
La misma voz se aclaró la garganta, llamándola la atención. Se giró hacia ella y se encontró con una chica de su edad, más o menos, que la miraba con preocupación en sus grandes ojos marrones. Tenía el pelo rubio y liso que la llegaba un poco más abajo de los hombros, recogido en una diadema azul. Vestía una falda plisada azul a juego con la diadema, y una camisa blanca debajo de una americana azul también. Vaya, una niña rica en su barrio. Eso sí que era una novedad.
-¿Quieres pasar?- la preguntó a Annie. Ésta miró a su alrededor y se encontró con que no estaba en su calle, sino en un barrio muy lujoso con grandes casas que no conocía.
-No necesito nada de una niña rica- dijo Annie con sequedad. Se levantó del banco e intentó caminar, pero se mareó y tuvo que agacharse para no desmayarse.
-Déjame ayudarte, por favor- la dijo la niña rica yendo a su lado.
Annie no hubiese acertado en cualquier otra circunstancia, pero debía admitir que así no llegaría a su casa. Acabó por entrar en su mansión con resignación.
A Annie nunca la habían gustado los niños ricos. Eran unos pijos idiotas que se creían con derecho a hacer lo que quisieran. Eran asquerosos.
La casa estaba perfectamente decorada con antigüedades, mármol, madera de pino y cristal. Todo lujosos y de buen gusto, muy diferente a su casa.
-Mi nombre es Elisabeth, por cierto- dijo la niña rica tendiéndola la mano con una sonrisa. Annie la miró pero no se la estrechó.
-Annie- dijo con sequedad.
La condujo por una enorme escalinata de mármol totalmente blanco hasta el que debía de ser su cuarto. Estaba decorado en tonos blancos y pastel. Limpio y muy cuidado. No parecía el cuarto de una persona, en realidad, sino una habitación de una revista de decoración.
-Le pediré a Lola que te traiga algo de comer- la dijo.
-No quiero nada- dijo Annie. Seguramente la niña rica se creyese una santa por ayudarla y la considerase alguien inferior a ella. No necesitaba su compasión, solo un teléfono para llamar a su madre y decirla donde estaba.
-¿Puedo usar tu teléfono?- la preguntó.
-Claro, está ahí- la señaló una mesita de noche al lado de su cama donde se encontraba un teléfono fijo antiguo.
Annie marcó el número de su casa y esperó a que una voz la contestase. Al tercer timbrazo su madre lo cogió con voz preocupada.
-Mamá, me he quedado a dormir en casa de una amiga, llegaré cuando pueda.
-...
-Sí, estoy bien.
-...
-Adiós- y colgó. Se quedó mirando un rato el teléfono y pensando en lo injusta que era la vida. Mientras unos podían permitirse tener un teléfono antiguo en su habitació y una sirvienta, ella no podía permitirse ni una familia.
Suspiró y se giró para mirar a Elisabeth, que la miraba con tristeza.
-¿Qué miras?- dijo con brusquedad. Elisabeth dejó de mirarla y recompuso su expresión. Esa chica era muy difícil.
-¿Quieres que te lleve a casa?- la preguntó con suavidad.
-No- contestó Annie. Intentó convencerse de que su rechazo era debido a que no quería que esa niña rica sintiese lástima por ella, pero en realidad sabía que era porque se avergonzaba del lugar en el que vivía y no quería que ella lo viese.
-¿Puedo ayudarte en algo?- la preguntó. Y en ese momento Annie no aguantó más y se echó a llorar. Primero suavemente y agachando la cabeza y luego con fuerza. Elisabeth no se andó con rodeos y la abrazó con fuerza.
Cuando Annie se calmó y se secó las manos con la manga de la sudadera, Elisabeth susurró:
-Salgamos de aquí.- Y la condujo a un Starbucks cercano.

lunes, 2 de mayo de 2011

Capítulo 1. Annie.

-No puedes salir- la dijo su madre.
-¿Quién me lo va a impedir?- dijo Annie alzando una ceja y con una sonrisa en la boca. Acto seguido salió por la puerta.
Llevaba unos vaqueros largos rotos por todas partes y una sudadera vieja y ancha gris. Se tapó el pelo con la capucha y agachó la cabeza para ocultar también su cara. Cuanto más desapercibida pasase, mejor.
A su madre no la gustaba que saliese sola de noche, teniendo en cuenta el sitio donde vivían, pero a Annie eso la traía sin cuidado.
El barrio donde vivía no era ninguna urbanización rica de Beverly Hills; era una cochambrosa calle donde se veían más jeringuillas que gente amable; y se oían más palabrotas que "gracias" y "por favor" juntos. Annie llevaba toda su vida viviendo allí y sabía lo que podía esperarse. Era una estrecha calle que estaba oscura hasta cuando era de día. Las mujeres tiraban el agua sucia por la ventana como en la Edad Media, mientras gritaban a sus hijos un millón de sandeces; era la banda sonora personal del barrio y algo a lo que te acababas acostumbrando.
Un mendigo en la esquina se levantó para ofrecerla una jeringuilla llena de lo que parecía heroína. Pero Annie sabía cómo actuar, no habían sido en vano los 16 años viviendo en ese infierno.
Sacó del bolsillo del pantalón una navaja, como advertencia. No la enseñó mucho, para que no la viese nadie que estuviese por allí excepto el mendigo. Éste, acobardado y no lo suficientemente drogado como para ignorar lo que suponía esa advertencia, volvió de nuevo a su esquina con la cabeza gacha. Como un perrito que huye atemorizado.
Conocía a ese tipo de personas, su padre había sido uno de ellos. No ganaban mucho dinero, pero lo que ganaban se lo gastaban en droga, que les ayudaba con el dolor de no llevarse ni un bocado a la boca en días.
Y odió a su padre con fuerza una vez más. Por empeñar el dinero de su familia en una satisfacción propia que estaba matándole. Pero no la apetecía recordarle. No estaba bien hablar de los muertos y para ella su padre era uno de ellos.
Annie volvió a guardar la navaja en el bolsillo con una sonrisa orgullosa. No deberían juzgarla por las apariencias, porque en ese barrio todo engañaba.
Llegó por fin al banco donde había quedado con sus amigos. Estaban ya todos ahí, solo faltaba ella.
-Annie, ¿dónde te habías metido?- la saludaron.
No se molestó en contestar y fue directa hacia Sam, su novio, que la pasó un brazo por la cintura en una actitud un tanto posesiva.
Sam era alto, de complexión muy fuerte y espaldas anchas. Su única afición eran las peleas con navajas, y había que admitir que no peleaba limpio precisamente. Era moreno de ojos marrones y una mandíbula fuerte y marcada. Era bastante guapo, la verdad.
Annie se quitó la capucha de la cabeza y le dedicó una sonrisa. Se fueron todos juntos a un parque cercano a vaciar las botellas de alcohol que había traído Reggie, una amiga suya.
Sam se la llevó a un lado y la ofreció un porro. Annie lo aceptó y dió la primera calada para aliviar el peso de la preocupación. Notó la marihuana colandose por su garganta y haciéndola obviar, por un momento, todos los problemas.
Así transcurría la vida de Annie día a día, un porro tras otro y una botella tras otra. Pero nada de eso podía aliviar el peso que sentía, la prisión que suponía ese sitio para ella y del que no podía salir. Era un pez en una pecera sucia y se estaba ahogando.
Pero Annie no sabía que ese iba a ser el último día rutinario en su vida, que cuando se levantase a la mañana siguiente tirada en un banco, toda su vida daría un giro brusco.