martes, 24 de mayo de 2011

Capítulo 9. Canguro.

-Hola, llamo por el anuncio de canguro. ¿Es usted Annie?-preguntó una voz de mujer. Annie miraba los anuncios de la tele distraidamente, sola en casa mientras su madre asistía a la décima reunión de alcohólicos anónimos. Si seguía así pronto lo superaría y Annie podría empezar a recuperar a su madre. Cuando oyó lo del anuncio de canguro se levantó rápidamente del sofá, concentrando toda su atención en el teléfono.
-Sí, soy yo.-contestó Annie. ¡Por fin alguien interesado! Hacía dos semanas había ido poniendo carteles por todo su barrio ofreciendo un servicio de canguro y dejando su teléfono. Nadie la había llamadado y esa era la primera contestación que recibía.
-¿Podría cuidar esta noche a mi hija? Tengo que salir y mi hijo no puede cuidarla-la explicó.
-¿Dónde y a qué hora?-preguntó ilusionada por su nuevo trabajo.
-¿En la calle Warrior a las nueve la viene bien?
-Por supuesto, allí estaré-y colgó.
Y allí estaba Annie como había prometido. Vestida con una camiseta blanca de tirantes no demasiado rota y unos vaqueros pitillo cortados por muchos sitios. Llamó al timbre y una señora con un moño alto vestida de asistenta no tardó en abrirla.
-Tú debes de ser Annie-la dijo con una sonrisa amable que la marcaba unos dulces hoyuelos y unas pequeñas arrugas en los párpados. Tenía pinta de ser más joven de lo que aparentaba y ser extremadamente generosa.
La tendió la mano, que Annie estrechó, y la hizo pasar dentro de su casa, al primer piso.
-Susan está dentro, en el salón. La he puesto una película para que se tranquilice. La comida está en la nevera y el dinero encima de la mesa de la cocina-la explicó con rapidez. Susan debía ser su hija a la que tenía que cuidar.-Yo tengo que irme en seguida, pero espero que se porte bien.
Y con una última sonrisa desapareció escaleras abajo.
Annie se armó de valor, temiendo al pequeño monstruito que podría encontrarse en el salón. Sin embargo, cuando llegó al salón solo vió a una apacible niña de pelo rubio y ojos azules, que la recordaba a alguien que no supo identificar.
Se sentó a su lado en el sofá, mientras la decía:
-Tú eres Susan, ¿no?-la niña no dijo nada, tan solo la miró.-Yo soy Annie, tu canguro.
-Hola-dijo la niña solamente. Tenía la voz dulce, aguda y tranquila. Annie supo que no tendría ningún problema con ella. Se fijo en su mano derecha, que agrraba con fuerza una muñeca de trapo rota y sucia por todas partes.
-¡Qué muñeca tan bonita!-exclamó Annie. Susan la levantó para mirarla, como si acabase de darse cuenta de que la tenía en la mano.
-Me la regaló mi hermano cuando yo era más pequeña-dijo con una sonrisa. Le faltaba un colmillo, pero hablaba perfectamente.
-¿Cuántos años tienes?
-Seis.
Un canción en la televisión las hizo girarse. Estaba viendo la Cenicienta y en ese momento su hada madrina estaba ransformando la calabaza mientras cantaba. Annie recordaba que esa película siempre había sido su favorita. Su madre siempre se la ponía mientras se iba a beber y Annie se tiraba horas en el salón viéndola sin enterarse de nada, hasta saberse de memoria los diálogos y las canciones. Ahora la detestaba. Pero dejó a Susan verla tranquila y se acomodó a su lado, relajándose.
Diez minutos después un ruido en la puerta hizo a Annie girarse hacia ella. Un ruido de llaves, pero era imposible que su madre hubiese vuelto ya. ¿Alguien intentaba robar? Tenía que sacar corriendo a la niña de ahí antes de que la hiciesen daño. Se quedó paralizada de la impresión, hasta que la puerta se abrió del todo, dejando pasar a una persona que Annie tardó en reconocer.
-¿Qué haces aqui?-preguntó Annie.

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