Annie dudó un segundo antes de llamar al timbre de la casa de Elisabeth. Venía con unos shorts negros rasgados y una camiseta blanca de los ramones que no la tapaba el ombligo.
Elisabeth la abrió la puerta y la invitó a pasar. Llevaba un precioso vestido lila que llegaba hasta el suelo, de tirantes y con un lazo del mismo color en la cintura. El pelo recogido en un intrincado moño y el maquillaje perfecto.
-Yo no llevo vestido-fue lo único que pudo decir Annie.
Eso se solucionó rápido. Elisabeth la condujo a su habitación y la prestó un vestido de hace un par de años. Los actuales no la valían porque Annie era más bajita y delgada que ella.
Cuando acabó de arreglarla, Annie se miró en el espejo. No se reconocía.
Llevaba un vestido largo blanco con unos tacones del mismo color debajo (por suerte tenían el pie del mismo tamaño). El vestido parecía el halo de un ángel que se extendiese a su alrededor dándola un aspecto de fragilidad, delicadeza y dulzura desacostumbrados en ella. Tenía unos tirantes muy finos y el escote en pico por delante y por detrás, dejando ver una espalda blanca y delgada. En la cintura tenía un lazo ancho azul clarito que la hacía cintura de avispa. El pelo castaño lo tenía bien peinado en ondas, recogidas en un perfecto moño con algunos mechones sueltos, y los ojos azules resaltaban por el maquillaje que Elisabeth la había puesto. Se quitó el piercing de la oreja para ponerse unos pendientes de perla y en el cuello se puso un collar fino de plata. Era increíble que aquella chica que la devolvía la mirada desde el espejo fuese ella.
Salieron al jardín y causó furor. Todos se volvían para mirar a la recién llegada. Un apuesto chico castaño de espaldas anchas se acercó a ellas.
-Michael, esta es Annie- los presentó Liz. Annie le estrechó la mano con una sonrisa, apreciándole al instante por su mirada clara y su sonrisa sincera.
No tardaron en aproximarse algunos chicos y chicas para presentarse, pero Annie detestó a la mayoría en cuanto les vió.
En un momento en que todos estaban distraidos, Annie huyó al interior de la casa, llevándose una botella de vino, a falta de cerveza. Ella solo quería alcohol, aunque fuese de pijos.
Recorrió el piso de arriba hasta encontrar la habitación de Liz. Dudaba que subiese allí nadie. Pero cuando fue a entrar por la puerta se encontró a un chico que no parecía de la fiesta.
Vestía una camiseta negra y unos vaqueros caídos. Tenía la espalda delgada pero fuerte. Y al girarse el flequillo rubio le caía sobre los ojos azules que le daban un aspecto angelical. Nada más lejos de lo que era.
Al oir sus pasos se giró hacia ella con una media sonrisa, sin sorprenderse lo más mínimo.
-¿No deberías estar en la fiesta?- la preguntó y se volvió a girar con despreoculación. Annie se fijó en lo que estaba haciendo. Estaba abriendo los cajones de la mesa de Liz e inspeccionando los objetos para luego echarlos en una mochila negra que tenía en la mano.
-Y tú no deberías estar aquí- le replicó. Él se giró de nuevo hacia ella mientras sontenía un iPod en la mano, con la sonrisa más amplia. Entonces la recorrió con la mirada y se detuvo en la botella de vino.
-Las niñas buenas no beben.
-Las niñas buenas no rompen caras y yo pienso romper la tuya si no sales de aquí cagando leches- le amenazó con frialdad.
La miró con una nueva luz de curiosidad en sus preciosos ojos azules.
-¿Qué hace aquí una chica con carácter?
Eso mismo se había estado preguntando ella toda la tarde. ¿Qué hacía ahí?
-Impedirle a un cabrón que robe a una amiga-contestó sin embargo.
Se acercó a ella lentamente hasta quedar muy cerca. Tanto que ella podía ver sus ojos a la perfección.
-Eso me ha dolido- fingió, llevándose una mano al corazón en tono dramático.
-Te va a doler más como no lo devuelvas todo a su sitio.- Pero la voz la tembló, delatando su debilidad. Y eso le bastó a él para rellenar el espacio que los separaba con una sonrisa, y besarla.
Annie hubiese querido apartarse, darle una bofetada, gritarle o simplemente reirse. Pero no lo hizo. La razón ni ella misma la sabía.
Sólo sabía que había disfrutado, que había encontrado sentimientos que desconocía por completo. Ese beso la hizo remblar hasta los dedos de los pies. Como esos besos que se dan en las películas antiguas como si el mundo se estuviese viniendo abajo a su alrededor mientras ellos permanecen abrazados. Esos besos que ya no se veían y Annie ya no tenía esperanza de vivir.
Cuando acabó, el mundo de Annie volvió a llamarla a voces.
-¿Por qué has hecho eso?- le recriminó con enfado. O más bien fingiendo enfado, porque no lo sentía.
-Me apetecía- se encogió de hombros él. Y la miró cuando dijo:- Y a ti te veía con ganas.
-Bueno pues te equivocaste- se sonrojó y se maldijo por ello.
-No he notado que me apartases- dijo él.
Acto seguido miró la bolsa.
-Renunciaré a ello por hoy, pero lo colocas todo tú- la dijo. Y al pasar a su lado, susurró en su oido:- Y me debes algo.
Cuando salió de la habitación solo un nombre la vino a la cabeza junto con un horrible sentimiento de culpabilidad. Un nombre que había olvidado en cuanto le había visto: Sam.
Dió un largo trago a la botella con desesperación. Mierda.
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