viernes, 6 de mayo de 2011

Capítulo 6. Ryan.

Ya habían pasado dos días desde que Annie estuviese en casa de Liz por última vez. Se habían llamado por teléfono y quedado ese sábado, pero todavía faltaban dos días para que la viese.
Había tenido que ordenar todas las cosas de Liz cuando se fue el ladrón y se había acordado de él en todo momento; pero no en el buen sentido. Sobretodo por lo último que había ocurrido y ella todavía no le había contado a Sam. Pero lo que más odiaba, era que debía sentirse culpable y, sin embargo, no podía.
-¡Annie!-la llamó Sam. Ella se giró forzando una sonrisa.-¡Estás en la nubes, llevo llamándote media hora!-Llegó al fin junto a ella y la dió un beso.
Siguieron caminando juntos por el callejón, dirigiéndose a un parque donde habían quedado con todos. Pero no llegaron muy lejos, porque a la salida del callejón les estaba esperando un chico alto, moreno y con muy malas pintas, que no daba buena espina. Se agarró más fuerte al brazo de Sam, tensa. Palpó el bolsillo del pantalón intentando encontrar su navaja, pero no la tenía. Mierda, ¿dónde podía habérsele caído? Le vino un sitio a la cabeza con total claridad: la casa de Liz. Al cambiarse debió de habérsele caído del bolsillo. Se maldijo para sus adentros, pero disimuló. Guardó la calma, si veía que tenía miedo no dudaría en ir a por ella. Como los perros, en ese barrio los delincuentes detectaban el miedo y la debilidad y lo aprovechaban en tu contra.
Sam sacó una navaja del bolsillo, pero no contó con el chico que había detrás.
-Eso es jugar sucio, ¿no crees?- dijo una voz a la espalda de Annie, mientras colocaban una navaja pegada a ella. Un sudor frio empezó a recorrerla la frente. Sentía el borde afilado y frio de la navaja clavándose en su camiseta y el corazón que amenazaba con salirse de su pecho. Se preguntó qué la mataría antes, ¿el corazón de una taquicardia o la navaja?
Entonces cayó en lo familiar que le parecía al voz. No era una que oyese todos los días, pero sí una que se había quedado grabada en su mente.
-Suelta esa navaja o tu chica lo paga- dijo el moreno que había estado en la esquina del callejón.
-¿Qué queréis?-dijo Sam soltando un gallo por los nervios. Annie solo podía fijarse en su navaja, todavía alzada.
-Promocionar coches, no te jode-dijo el que tenía a la espalda, con sarcasmo. Annie seguía sin identificar la voz, pero tenía miedo de girarse y que la clavasen la navaja. Mantuvo la mirada al frente, con toda la dignidad que pudo.
Sam salió corriendo por el lado contrario al chico moreno, con navaja en mano y dejando a Annie plantada. Maldito cabrón, pensó Annie. ¿Para eso servían los novios? ¿Para dejarte morir por falta de valentía?
Los atracadores al principio se quedaron sorprendidos, pero no tardaron en echarse a reir. Le quitaron la navaja de la espalda, y al fin pudo darse la vuelta y mirar al dueño de la voz.
Era él, el ladrón.
Annie abrió mucho los ojos cuando le reconoció, y la primera reacción que tuvo fueron las ganas de pegarle una buena bofetada, pero llevaba una navaja, así que se contuvo.
Él también la reconoció, y formó una sonrisa burlona.
-¿Qué hace aquí una niña rica?
-¿Qué hace un idiota intentando robarme?
-¿Esta es tu ricachona?-Preguntó el moreno, y la agarró del brazo.-Pues aprovechemos, tio, que debe de tener mucha pasta.
-No tengo dinero-dijo ella, irritada.-Yo vivo aquí y soy tan pobre como vosotros.
-No finjas que...-fue a decir el moreno.
-Suéltala-le cortó el ladrón. Miró a Annie con interés.- Tu novio te ha dejado tirada.
-Muy observador-ironizó, entrecerrando los ojos.
-¿Qué piensas hacer?-Se lo estaba pasando realmente bien. Parecía como si esto fuese un juego, donde él dictase las normas y el final. Siempre lo controlaba y la dejaba a ella a su merced.
-Esperaba que fueseis tan amables de dejarme en paz-dijo ella con una sonrisa encantadora.
-¿Cuál es tu nombre?
-Annie-dijo después de dudar entre decírselo o no.
-Annie...-repitió.-Un nombre muy dulce para un destino tan cruel.
Tenía razón. Su futuro era tan oscuro como un agujero negro. A nadie que viviese en ese agujero le esperaba algo mejor y Annie lo sabía. Estaba condenada irremediablemente.
-No me has dicho el tuyo-dijo ella.
-No tengo por qué hacerlo-dijo él sonriendo. Otra vez sus estúpidas normas y ella había caído en la trampa.
-¡Eso no es justo!-se quejó.
-Nada es justo-replicó él. El chico moreno puso los ojos en blanco ante su conversación.
-Entonces habrá que empezar a cambiar a eso, ¿no? Comencemos por tu nombre.-Annie volvió a girar la balanza a su favor. A él se le iluminaron los ojos y la sonrisa se le hizo más ancha. La empezaba a respetar.
Sin embargo, en vez de contestar formuló otra pregunta:
-¿Le has dicho ya a tu novio el beso que me diste?
-¡¿Que te dí?!-se indignó ella.-¡Fue tu culpa!
-Osea que no lo sabe-se burló él. Annie dudó, pero no contestó. No quería concederle el placer de la victoria.
-Vámonos, tio, que nos están esperando-se impacientó el moreno. Empezó a andar y el ladrón le siguió.
-Ryan- le susurró a Annie en el oido al pasar por su lado.
Su nombre era Ryan.

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