miércoles, 4 de mayo de 2011

Capítulo 3. Libertad.

Pidieron dos cafés y se sentaron en una mesa al lado de una ventana desde la que veían a la gente pasar. Caras felices, tristes, agobiadas, despreocupadas, enfadadas, serenas, indignadas, entusiasmadas... Annie las contempló preguntándose si serían felices o desgraciados.
Cuando Annie intentó pagar se dió cuenta de que no tenía dinero.
-Vámonos corriendo-le susurró a Elisabeth.
-¿Qué?- dijo ella confundida.
-He dicho que nos vayamos corriendo, Elisabeth. No tengo con qué pagar.
-Yo te invito-dijo ella, tranquila.
-No quiero deberte nada- susurró Annie.
-Annie, hago esto por que quiero ayudarte desinteresadamente. No hay malas intenciones detrás.
No sabía por qué, pero Annie confiaba en ella.
-De acuerdo.
Siguieron tomándose el café tranquilamente.
-¿Dónde vives?- la preguntó Elisabeth.
Al principio Annie se quedó callada mirando su vaso, y cuando Elisabeth pensaba que ya no iba a contestar, murmuró:
-En la calle Bralls.
Elisabeth asintió y dejó de preguntar.
-No hace falta que me tengas lástima- dijo Annie con amargura, mirándola directamente.- Sé lo que los niños pijos como tú pensais sobre mi gente.
Elisabeth parpadeó perpleja ante estas palabras.
-¿Por qué crees eso?
-Una vez estuve con un tio que vivía en un barrio parecido al tuyo. Le oí decir que éramos ratas que no servíamos para nada. Nos tomaba como una diversión para los de su clase. El muy imbécil se creía que vivía en el Olimpo- acabó con una carcajada sarcástica.
-No todos somos así. Has conocido a la parte mala, a los niños mimados y consentidos que sus padres creen perfectos. ¿Vas a juzgar a tantas personas por una sola?
-Supongo que no- dijo Annie mirando por la ventana otra vez.
El cielo estaba encapotado y se avecinaba lluvia, pero hacía calor y soplaba una brisa fresca, así que era bastante agradable. Annie adoraba los días calurosos con lluvia. Colocarse debajo de las gotas y dejar que aliviasen su sofocón.
-¿Cómo es tu vida?- preguntó a Elisabeth en un arranque de curiosidad.
-¿A qué te refieres?
-¿Cómo es vivir una vida perfecta, con todo solucionado y el futuro resuelto. Con comida todos los días encima de la mesa sin tener que mover un dedo y sirvientas llamadas "Lola" que hacen el trabajo duro.
-¿Crees que mi vida está solucionada?-se rió Elisabeth.- ¡Ojalá fuese perfecta! Mis padres me exigen mucho más de lo que puedo dar. Si alguien corre rápido, ellos quieren que yo corra más rápido aún. Si alguien saca un diez, ellos quieren que saque un doce. Si alguien toca el piano, ellos quieren que toque cada uno de los instrumentos de la orquesta. Si un pájaro vuela, ellos quieren que vuele más alto.- Tenía un tono de amargura guardado detrás de una perfecta sonrisa imborrable. Pero la máscara se había quitado el suficiente tiempo como para que Annie descubriese lo que había debajo.- Mi futuro es tan incierto como el tiempo que hace hoy. Mis padres quieren que estudie medicina, pero yo lo que quiero es ser pintora. Aunque ellos no lo saben, por supuesto. ¡Qué deshonra sería tener una hija artista!-dijo con tono melodramático, imitando a sus padres.
-Necesitas libertad- afirmó Annie. Y era ella la que se la iba a proporcionar.
-¿Libertad? Esa palabra no figura en mi configuración- dijo Elisabeth con ironía.
-Pues es hora de reprogramar esa configuración- sonrió Annie. En ese momento empezó a llover con fuerza y los peatones que había en la calle corrieron a esconderse debajo de algún techo o toldo.
Pero a Annie eso la dió una idea.
-Vamos- apremió a Elisabeth. Ésta, pagó los cafés y la siguió hasta la puerta.
-No podemos salir, ¡está diluviando!- dijo Elisabeth.
-¿Eres hidrófoba?- preguntó Annie.
-No.
-Entonces no hay excusa.- La agarró de la mano y la sacó fuera mientras la lluvia las calaba. Corrieron entre risas por la calle y saltaron en los charcos, mojándose enteras.

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