-Perdona- la despertó una voz dulce mientras alguien la agitaba el hombro con suavidad.-Perdona- repitió la voz.
Annie abrió un ojo y la luz del día la hirió. Miró a su alrededor, confundida, y se encontró con que se había dormido en un banco. No recordaba nada de la noche anterior y la cabeza le iba a estallar.
La misma voz se aclaró la garganta, llamándola la atención. Se giró hacia ella y se encontró con una chica de su edad, más o menos, que la miraba con preocupación en sus grandes ojos marrones. Tenía el pelo rubio y liso que la llegaba un poco más abajo de los hombros, recogido en una diadema azul. Vestía una falda plisada azul a juego con la diadema, y una camisa blanca debajo de una americana azul también. Vaya, una niña rica en su barrio. Eso sí que era una novedad.
-¿Quieres pasar?- la preguntó a Annie. Ésta miró a su alrededor y se encontró con que no estaba en su calle, sino en un barrio muy lujoso con grandes casas que no conocía.
-No necesito nada de una niña rica- dijo Annie con sequedad. Se levantó del banco e intentó caminar, pero se mareó y tuvo que agacharse para no desmayarse.
-Déjame ayudarte, por favor- la dijo la niña rica yendo a su lado.
Annie no hubiese acertado en cualquier otra circunstancia, pero debía admitir que así no llegaría a su casa. Acabó por entrar en su mansión con resignación.
A Annie nunca la habían gustado los niños ricos. Eran unos pijos idiotas que se creían con derecho a hacer lo que quisieran. Eran asquerosos.
La casa estaba perfectamente decorada con antigüedades, mármol, madera de pino y cristal. Todo lujosos y de buen gusto, muy diferente a su casa.
-Mi nombre es Elisabeth, por cierto- dijo la niña rica tendiéndola la mano con una sonrisa. Annie la miró pero no se la estrechó.
-Annie- dijo con sequedad.
La condujo por una enorme escalinata de mármol totalmente blanco hasta el que debía de ser su cuarto. Estaba decorado en tonos blancos y pastel. Limpio y muy cuidado. No parecía el cuarto de una persona, en realidad, sino una habitación de una revista de decoración.
-Le pediré a Lola que te traiga algo de comer- la dijo.
-No quiero nada- dijo Annie. Seguramente la niña rica se creyese una santa por ayudarla y la considerase alguien inferior a ella. No necesitaba su compasión, solo un teléfono para llamar a su madre y decirla donde estaba.
-¿Puedo usar tu teléfono?- la preguntó.
-Claro, está ahí- la señaló una mesita de noche al lado de su cama donde se encontraba un teléfono fijo antiguo.
Annie marcó el número de su casa y esperó a que una voz la contestase. Al tercer timbrazo su madre lo cogió con voz preocupada.
-Mamá, me he quedado a dormir en casa de una amiga, llegaré cuando pueda.
-...
-Sí, estoy bien.
-...
-Adiós- y colgó. Se quedó mirando un rato el teléfono y pensando en lo injusta que era la vida. Mientras unos podían permitirse tener un teléfono antiguo en su habitació y una sirvienta, ella no podía permitirse ni una familia.
Suspiró y se giró para mirar a Elisabeth, que la miraba con tristeza.
-¿Qué miras?- dijo con brusquedad. Elisabeth dejó de mirarla y recompuso su expresión. Esa chica era muy difícil.
-¿Quieres que te lleve a casa?- la preguntó con suavidad.
-No- contestó Annie. Intentó convencerse de que su rechazo era debido a que no quería que esa niña rica sintiese lástima por ella, pero en realidad sabía que era porque se avergonzaba del lugar en el que vivía y no quería que ella lo viese.
-¿Puedo ayudarte en algo?- la preguntó. Y en ese momento Annie no aguantó más y se echó a llorar. Primero suavemente y agachando la cabeza y luego con fuerza. Elisabeth no se andó con rodeos y la abrazó con fuerza.
Cuando Annie se calmó y se secó las manos con la manga de la sudadera, Elisabeth susurró:
-Salgamos de aquí.- Y la condujo a un Starbucks cercano.
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