domingo, 22 de mayo de 2011

Capítulo 8. Al borde.

-¡Annie!-la llamó Liz, corriendo a su lado. Annie estaba tirada en unas sillas del hospital, encogida y llorando. El rímel manchaba toda su cara y sus ojos azules estaban brillantes por las lágrimas. Liz la abrazó mientras Annie se convulsionaba con cada sollozo entre sus brazos.
No saben cuanto tiempo pasaron así, pero cuando Annie consiguió calmarse, el médico que había atendido a su madre se acercó a ella.
-¿Annie Sullivan?-la miró. Annie solo pudo asentir. Si hablaba, corría el riesgo de volver a llorar.-Su madre padece un coma etílico. No siente nada y ahora mismo está inconsciente, pero probablemente cuando despierte no recuerde nada. ¿Quiere pasar a verla?
Annie se dirigió casi corriendo hacia la habitación de su madre. Estaba tendida en una cama blanca y multitud de tubos salían de sus venas para ir a parar a unas bolsas que había en una especie de percheros. Bajo su nariz un cable la ayudaba a respirar. Tenía un aspecto desastroso, sucio y cansado. Posiblemente incluso peor que el de Annie, que se había pasado toda la noche en vela.
Annie se sentó en la cama y la agarró de la mano con cuidado. Liz la puso una mano en el hombro, infundiéndola fuerzas.
-Mamá-la llamó en un susurro. Pero su madre ni se movió. Una lágrima resbaló por la mejilla de Annie. Pero ella ni la sintió.
Estaba harta. Completamente cansada de vivir así, con una madre alcohólica que a veces no recordaba ni su nombre; de tener que ir una vez al mes al hospital por culpa del alcohol, cuando ni siquiero podían permitirse tener una seguridad sanitaria.
Pero esa situación no duraría mucho más. Iba a buscar un trabajo para conseguir dinero y poder irse de casa. Su madre tendría que elegir: el alcohol o su hija.
-Annie...-su madre entreabrió los ojos con la voz ronca.-¿Dónde estoy, Annie?
-En el hospital, mamá-contestó Annie, entre lágrimas. Era vergonzoso que no se diese cuenta ni de lo que había pasado. Estaba suicidándose lentamente.
-¿Por qué?-preguntó.
-Porque volviste a beber demasiado-contestó en un susurro. Las mejillas la escocían debido a las lágrimas, sus ojos deberían estar secos ya, pero seguían produciendo amargas gotas.
-¿Con qué pagarás?
-A lo mejor debiste pensar en eso antes de vaciar la botella, ¿no?-dijo Annie secamente. Era cruel, pero su madre debía darse cuenta de una vez por todas que podía vivir sin padre, pero no ocuparse de una madre alcohólica.
Su madre se encogió ante esas palabras, con cara de culpabilidad.
-Yo lo pagaré-dijo Liz, yendo hacia la puerta.
-No-la intentó detener Annie con enfado. Uno de sus principios era no aceptar limosna de nadie. Podía valerse por sí misma.
-Annie, tú no puedes pagarlo y yo sí. Déjame hacerlo. Somos amigas, ¿no?-la sonrió Liz.
-Te lo devolveré todo, te lo prometo-la abrazó Annie.
Liz salió por la puerta y Annie quedó a solas con su madre y el médico que las había acompañado, que estaba en una esquina.
-La haremos un par de pruebas y esta tarde estará ya en su casa-dijo el doctor, amablemente, mientras salía por la puerta, dejándolas a solas.
-Mamá, tenemos que hablar-dijo Annie.
-Claro, cariño-dijo su madre, mientras miraba las bolsas a las que estaba conectada.
-Es la cuarta vez que acabamos en el hospital-comenzó Annie.- Tu adicción al alcohol no hace más que causarnos problemas y no podemos permitirnos tener esta clase de problemas. Si no lo dejas me emanciparé. Aunque tenga que vivir en la calle.
-No, Annie, no me dejes-la suplicó su madre agarrándola del brazo.
-Mamá, acabemos con esto. Tienes que superarlo. Puedes ir a las reuniones de alcohólicos anónimos-la sugirió.
-Lo dejaré, te lo prometo-la dijo su madre. Y Annie la creyó. Pensó, por un instante, que podría recuperar a su madre y tener algo parecido a una familia.
Pero todo el mundo sabe que si vives así, estás condenado a ser desgraciado.

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