-Creo que te olvidaste esto.-Liz extendió hacia Annie una navaja por encima de la mesa. Annie la miró un momento y la agarró corriendo para metérsela en el bolsillo.
-Gracias. ¿Dónde estaba?
-En mi alfombra, se te debió de caer.
Liz tiene una voz triste, deprimida.
-¿Qué sucede?-la preguntó.
-¿De verdad llevas encima una navaja?
-Solo quiero sobrevivir, como todos-contestó Annie.
-¿En qué clase de mundo vives?-preguntó, decepcionada por todo lo que la rodeaba. Annie empezaba a estar cansada.
-En uno en el que no todos somos ricos y podemos permitirnos la seguridad-dijo, más borde de lo que pretendía. Liz se echó hacia atrás como si hubiese recibido una bofetada. Annie se dió cuenta e intentó enmendar su error:-Lo siento. Lo siento, lo siento. Soy idiota, debería pensar antes de hablar.
Liz la perdonó sin necesidad de más. Cambió de tema para que no se molestase.
-Michael y yo vamos a ir este sábado al cine de verano. ¿Quieres venir?-la preguntó, animada.
-¿De carabina?-se rió Annie. Agradecía la invitación, sin embargo.-Paso.
-¿Y con tu novio?-preguntó Liz.-Estoy segura de que tienes-adivinó.
Annie al pensar en Sam solo pudo recordar cómo había salido corriendo, dejándola tirada y a merced de unos atracadores. No le había vuelto a ver, pero esperaba que se estuviese preparando para la bofetada que le iba a caer. Annie echaba chispas.
-No tengo muchas ganas de verle en estos momentos-concluyó.
-¿Debo ir a matarle?-bromeó Liz para animarla. Era incapaz de hacer daño ni a una simple mosca, y Sam era mucho peor que una mosca.-¿Qué hizo?-preguntó con suavidad, dándola a entender que podía negarse a contestar si quería. Annie en un principio pensó en no contestar, le estaba abriendo su mundo a una niña rica que podía hacerla mucho daño. Cuando su padre les abandonó y su madre se hizo alcohólica, Annie se hizo la promesa de no abrirse nunca más a nadie ni depender de nadie.
Sin embargo, no pudo atrapar las palabras en su boca, antes de que saliesen en torrente, dolidas:
-Me abandonó cuando nos atracaron.
-¿Quién os atracó?-Liz tenía una expresión sorprendida y enfadada.
-Ryan-dijo Annie. No lo había pronunciado hasta ese momento en voz alta, pero sonaba bien. Realmente bien.
-¿Ryan qué más?
-Solo... Ryan.-Annie no pudo evitar disimular una sonrisa. Jamás lo hubiese admitido, pero deseaba volver a verle.
-Oh Dios Mio-susurró Liz, mirándola con nuevos ojos.
-¿Qué?-dijo Annie.
-¡Te gusta!-comenzó a reir Liz.
-¡No!-chilló Annie sin dejar de sonreir. Se estaba poniendo colorada y lo sabía.-¡Es prepotente, creído, vanidoso, engañoso, ladrón y don Juan!
-Es posible-admitió Liz,-pero te gusta.
Annie decidió darlo como un caso perdido. No podía convencer a Liz de una cosa de la que ni siquiera ella estaba segura.
-¿Qué te robó?
-Nada. Se fueron y ni me tocaron-dijo Annie. ¿Cómo hubiese reaccionado si la hubiesen robado de verdad? Esperaba no tener que resolver esa duda nunca.
Dos horas después se despidieron y Annie cogió el autobús hacia su calle, su mano sujetando en todo momento la navaja. Pasó, en tensión, por el callejón donde había encontrado a Ryan. Una idea pasó por su mente a toda velocidad, sugiriendo que a lo mejor la expectación era por volverle a ver, no por el peligro. Pero Annie acalló ese pensamiento de inmediato y siguió avanzando.
Llegó a su casa, en el segundo piso de un cochambroso edificio que se caía a pedazos. Las paredes, antaño blancas, eran ahora de un sucio color negro. La puerta estaba más de adorno que de protección, lo que la mantenía noches en vela, asustada por que alguien entrase. Su madre dormía bien, sedada por las enormes ingestas de alcohol.
Annie tiró las llaves sobre la mesa del salón, con enfado ante ese pensamiento.
-Mamá, ya he llegado-saludó. Del salón pasó a la cocina, buscando a su madre.
La encontró tirada en el suelo de cualquier manera, con una botella rota de vodka a su lado.
-Vamos, mamá, levanta-la dió unos golpecitos en la espalda. A veces pensaba en lo contradictorio que era que se comportase como la madre de su propia madre. Debería haber sido ella la que estuviese emborrachándose y su madre ayudándola.
Fue al alzarla cuando se dió cuenta de lo inerte que estaba. No estaba solo dormida.
-Mamá...-fue lo único que pudo susurrar, entre lágrimas.
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