-No puedes salir- la dijo su madre.
-¿Quién me lo va a impedir?- dijo Annie alzando una ceja y con una sonrisa en la boca. Acto seguido salió por la puerta.
Llevaba unos vaqueros largos rotos por todas partes y una sudadera vieja y ancha gris. Se tapó el pelo con la capucha y agachó la cabeza para ocultar también su cara. Cuanto más desapercibida pasase, mejor.
A su madre no la gustaba que saliese sola de noche, teniendo en cuenta el sitio donde vivían, pero a Annie eso la traía sin cuidado.
El barrio donde vivía no era ninguna urbanización rica de Beverly Hills; era una cochambrosa calle donde se veían más jeringuillas que gente amable; y se oían más palabrotas que "gracias" y "por favor" juntos. Annie llevaba toda su vida viviendo allí y sabía lo que podía esperarse. Era una estrecha calle que estaba oscura hasta cuando era de día. Las mujeres tiraban el agua sucia por la ventana como en la Edad Media, mientras gritaban a sus hijos un millón de sandeces; era la banda sonora personal del barrio y algo a lo que te acababas acostumbrando.
Un mendigo en la esquina se levantó para ofrecerla una jeringuilla llena de lo que parecía heroína. Pero Annie sabía cómo actuar, no habían sido en vano los 16 años viviendo en ese infierno.
Sacó del bolsillo del pantalón una navaja, como advertencia. No la enseñó mucho, para que no la viese nadie que estuviese por allí excepto el mendigo. Éste, acobardado y no lo suficientemente drogado como para ignorar lo que suponía esa advertencia, volvió de nuevo a su esquina con la cabeza gacha. Como un perrito que huye atemorizado.
Conocía a ese tipo de personas, su padre había sido uno de ellos. No ganaban mucho dinero, pero lo que ganaban se lo gastaban en droga, que les ayudaba con el dolor de no llevarse ni un bocado a la boca en días.
Y odió a su padre con fuerza una vez más. Por empeñar el dinero de su familia en una satisfacción propia que estaba matándole. Pero no la apetecía recordarle. No estaba bien hablar de los muertos y para ella su padre era uno de ellos.
Annie volvió a guardar la navaja en el bolsillo con una sonrisa orgullosa. No deberían juzgarla por las apariencias, porque en ese barrio todo engañaba.
Llegó por fin al banco donde había quedado con sus amigos. Estaban ya todos ahí, solo faltaba ella.
-Annie, ¿dónde te habías metido?- la saludaron.
No se molestó en contestar y fue directa hacia Sam, su novio, que la pasó un brazo por la cintura en una actitud un tanto posesiva.
Sam era alto, de complexión muy fuerte y espaldas anchas. Su única afición eran las peleas con navajas, y había que admitir que no peleaba limpio precisamente. Era moreno de ojos marrones y una mandíbula fuerte y marcada. Era bastante guapo, la verdad.
Annie se quitó la capucha de la cabeza y le dedicó una sonrisa. Se fueron todos juntos a un parque cercano a vaciar las botellas de alcohol que había traído Reggie, una amiga suya.
Sam se la llevó a un lado y la ofreció un porro. Annie lo aceptó y dió la primera calada para aliviar el peso de la preocupación. Notó la marihuana colandose por su garganta y haciéndola obviar, por un momento, todos los problemas.
Así transcurría la vida de Annie día a día, un porro tras otro y una botella tras otra. Pero nada de eso podía aliviar el peso que sentía, la prisión que suponía ese sitio para ella y del que no podía salir. Era un pez en una pecera sucia y se estaba ahogando.
Pero Annie no sabía que ese iba a ser el último día rutinario en su vida, que cuando se levantase a la mañana siguiente tirada en un banco, toda su vida daría un giro brusco.

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